El árbol de la vida

Cierto adolescente un día, y viendo como su gran amor se iba, sin que pudiera por fin evitarlo, subió a lo más alto del árbol más alto, para desde allí tirarse y acabar con toda su desgraciada vida.

Allí, con las piernas colgando y la brisa acariciando sus lágrimas, pensaba en lo desdichada que era, sin que pudiera encontrar otro fin nada más que aquel golpe definitivo que acabara con ese dolor obligado.

No pensó jamás que nadie mereciera tan triste y cruel final, un final inventado por él, que sin mirar atrás marchó por aquel camino de no regreso.

Le esperó mucho tiempo, por si volvía pero tan sólo y como visiones en un desierto, tan sólo eran sombras, quizá de aquel maltrecho pasado.

Balanceaba su cuerpo imaginándose como un vaso de cristal aproximándose al suelo y cuanto más pensaba más dolía y cuanto más dolía más pensaba.

 Y pasó el tiempo, y tan sólo cambio la fruta del árbol, ya madura, que caía irremediablemente al duro suelo, ese que le aguardaba como si tuviera todo el tiempo en si encerrado.

Entonces entendió que ya era hora de madurar. Bajó del árbol y comenzó una nueva vida, alejada de esos ruidos que tanto le espantaban en esos días.

Con el paso del tiempo -creedme que menos de lo que uno puede esperar- un niño pasó debajo del árbol y vio aquella manzana, que maduró aquel día para ser mordida, y así, si casi quererlo, volvió a comenzar otra bonita historia de amor.

El árbol de la vida.

Muerte inesperada III

Pudo haber dado al techo, o a la puerta de entrada de alguna de las habitaciones. Pudo haber dado al suelo, pero no fue así.

Dio de pleno. Su madre, horrorizada se echó las manos a la cara gritando porque sabía que de ahí, alguien saldría malparado.

Cayó el padre al suelo, la bala había sido mortal. Le atravesó el estómago y nada pudieron hacer para mantenerlo en viva tan siquiera unos segundos.

Cuatros años tenía que estar en la cárcel. Su abogado era un recién licenciado que poco o nada sabía de defender algo que en teoría tenía ganado.

Sólo dormía por las noches, ya que lo declararon como imprudente, alegando que sin que existiese intencionalidad en el hecho, pudo haber evitado el final por la envergadura y juventud en comparación a su padre. En esos años, conoció a Marta con la que tenía una relación en el exterior formal.

Marta era una princesa de un cuento inexistente. No expresaba mucho nada de lo que le ocurría, de lo que le pasaba por la cabeza, sin embargo siempre parecía estar feliz.

Mientras él todas las noches iba para el centro penitenciario Marta se quedaba sola en casa y eso a él le estaba volviendo loco porque comenzó a sospechar de una relación paralela a la suya.

Un día, él le contó a su madre, atormentado, la posibilidad de que Marta tuviera un amante, y la madre, lejos de tranquilizarlo, le echó en cara que jamás le había gustado esa chica.

Una noche, su madre y sin decir nada se plantó con su coche en la ciudad donde vivían su hijo y Marta. Se hospedó en un hotel próximo y esperó a que él se fuese al centro penitenciario. No esperó mucho tiempo para ver cómo paró un coche y entró una persona a su casa. Ella estaba lejos para no ser vista, pero estaba claro que entró a su casa.

Pasados unos días, la madre decidió contarle todo lo que había visto por teléfono, entonces él, en un ataque de ira, compró un revolver y decidió faltar aquella noche al centro penitenciario y pillar al amante dentro de casa.

Eran las diez de la noche, y hacía frío detrás de aquel seto próximo a su puerta. Pensó que a esa hora ya estarían echándole de menos en el centro penitenciario y declarándolo en rebeldía. Probablemente en veinticuatro horas darían la voz de alarma a la policía para ponerlo en busca y captura.

Había ido a uno de los barrios más deprimidos de la ciudad. Allí y después de que le amenazaran de muerte y lo tuvieran retenido un par de horas, consiguió hablar con el jefe de una banda de delincuentes. Pidió un arma y se la dieron, a cambio le quitaron todo lo de valor que tenía encima.

Cuando consiguió salir de aquel inmundo lugar, encontró en una calle una caja de galletas y allí metió su arma.

Guiños del destino ahora era él quien quería matar con un arma, cuando años atrás desaprobó totalmente aquella acción de su padre.

De pronto, un coche paró en la puerta. Él se escondió como pudo para no ser visto. Oyó el timbre y Marta abrió la puerta. La persona entró y cerró la puerta, entonces él,  creía morir de rabia.

Continuará…

Muerte inesperada II

A él le impresionaban muchísimo las armas de fuego.

Cuando su padre, hacía ya diez años, decidió matar a su madre por infidelidad, su vida cambió de forma radical.

Fue un día de verano. El sol daba tan fuerte que apenas antes de las nueve de la mañana había ya treinta y cinco grados. Se despertó empapado de sudor, a pesar de su cuerpo desnudo.

En su habitación había un pequeño baño donde se aseó como pudo y se puso un pantalón corto.

Salió de su habitación y vio a su madre preparando el desayuno. Él por aquel entonces tenía veinticuatro años.

Se sentó y comenzó a comer, mientras su madre terminaba de arreglarse para salir. Desde que su padre le amenazó de muerte por serle infiel, ella nunca salía sola. Tenía un vecino que “amablemente” le acompañaba todas las mañanas por seguridad. Esto, lejos de alejar a su padre, lo enfurecía más, pero él poco o nada podía hacer en esa situación, excepto sufrir. Llevaban así tres años.

Siempre pensaba el lugar donde vivir  mejor, con su padre o con su madre. El caso es que su padre no tenía dinero ni para él. Era por ese motivo por el cual no salía de una vez por todas de aquella situación tan lamentable.

Algunas noches oía a su madre gemir con su “vecino” desde su habitación. A veces le entraban ganas de entrar en la habitación de su madre y partirle la cara. No le caía nada bien ese tipejo. Aún así, quería muchísimo a su madre, a pesar de todo.

Aquel día, mientras desayunaba todo iba a ser diferente.

Se oyó un golpe seco y poco después crujir la puerta de casa. A él se le cayó la tostada al suelo mientras seguía escuchando a su padre subir las escaleras que daban a la habitación de su madre.

Se levantó rápidamente y pudo verle con una  pistola en la mano, venía dispuesta a matarla.

Rápidamente lo alcanzó y hubo un forcejeo entre él y su padre. No estaba dispuesto a que nada le pasara a su madre, ni mucho menos que su padre se implicara en una locura como esta. Como siempre, se veía cara a cara entre los dos, con la diferencia, de que esta vez, aquello no podía acabar bien.

De pronto se disparó el arma…

Su madre gritó desde la distancia. Había sido un disparo mortal.

Continuará…

Muerte inesperada

Dos años exactamente le había costado conseguirla.

Iba en el tren que atravesaba el país. Recorría aquellas antiguas vías con vistas a casi todos los pueblos suburbanos. Paraba en cada uno de ellos, era por eso por lo que le llevaba más de medio día alcanzar su destino.

La tenía dentro de una caja de galletas antigua. De vez en cuando, entre el sol que le daba en la cara cuando no había edificios o casas, y le deslumbraba,  miraba su caja y la acariciaba.

Una persona en una de las paradas del tren se sentó en el habitáculo donde él estaba. Dejó su sombrero en el asiento contiguo a él. En cuanto lo soltó, miró a la caja. Él se la acercó un poco más al cuerpo, y la abrazó con algo más de fuerza, mirándole desafiante.

Por fin llegó a la ciudad de sus padres, a la que también le había visto nacer y crecer de niño.

Aceleró el paso en cuanto salió del tren, hacia una tabaquería a comprar algunos cigarrillos.

Doscientas cincuenta pesetas le costaba un paquete. Se metió la mano en su bolsillo, dejando la caja de galletas encima del mostrador.  Tenía trescientas, con que esperó al cambio. El tendero se dio la vuelta y abrió aquella máquina antigua registradora y sacó la vuelta.

Salió rápido a fumarse uno. El camino había sido muy largo y se había quedado sin ellos.

Dos o tres veces tuvo que darle al mechero casi sin gas, pero consiguió encenderse el cigarrillo. Entre humos pensaba en qué le diría su madre cuando le viese entrar en casa. Sabía de los problemas años atrás pero no sabía que regresaba. Fue entonces cuando descubrió que se había dejado la caja de galletas encima del mostrador de aquella tabaquería.

Regresó corriendo manchándose los bajos del pantalón de agua y barro. Llegó pero para entonces, la caja no estaba, el mostrador estaba vacio.

Apurado preguntó al dueño del establecimiento por ella, y éste comenzó a increparle por tener un arma sin licencia. Dijo que si no se marchaba llamaría a la policía, y no estaba dispuesto a dársela.

Malhumorado, saltó el mostrador y amenazó con pegarle. En el salto, rompió varias cosas, pero eso ahora daba igual, el arma había costado mucho sacrificio conseguirla como para dejársela atrás. Al final, el tendero accedió y le devolvió la caja. Este la abrió delante de él, y comprobó que ahí estaba su revolver. Le miró con cara desafiante y salió nuevamente corriendo para que no le alcanzara nadie. Culebreó por ciertas calles contiguas al destino por ocultarse algo más.

Abrió la puerta de la casa de sus padres. Comprobó que seguía siendo aquella casa antigua y sucia de siempre. El polvo se entreveía por los agujeros de la persiana

Se dejó caer en aquel sofá de piel marrón y esperó a que su madre viniese de la compra.

Continuará…

Georgia on my mind

Se puso la bufanda tapando bien el cuello.

Paseo por toda la avenida, como si tuviera todo el tiempo del mundo para ella.

Se quitó uno de sus guantes de lana y restregó su mano por los rosales. Por eso siempre sus guantes olían a rosas. Quizá alguna espina rozó sus dedos, pero prefirió el perfume, después de todo.

Llegó al final de la avenida y entró en el puente colgante que separaba la ciudad.

Allí, en medio de aquel puente blanco, entre el paisaje idílico de la ciudad al amanecer, cercano al suelo de madera, observó el candado, aquel que pusieron por amor y para siempre.

Una lágrima recorrió su mejilla y cayó al río. La corriente supo llevársela, como cuando tiraron la llave aquel día. Entonces sonrió.

Tocó por última vez aquel candado. Lástima no tener la llave para abrirlo, ahora que eran libres.

Su libertad no era buscada, pero si consentida.

Da igual como nos liberen. En el desamor de dos, siempre hay un amor maniatado.

Esta vez, le había tocado a ella encarcerlar al amor y sentirse libre.

Se dirigió a la cafetería donde se conocieron por primera vez. Pidió un café calentito. Lo abrazó como pudo con sus gélidas manos con olor a rosas.

Tomó su primer sorbo y le calentó el alma. Sonrió.

La vida sigue…, pensó.